Hoy publicamos un comentario a una de la Mindalas que Luis (lucho) Calpa ha compartido en este escenario.
Un encuadre crítico: la tensión tradición-modernidad
La tensión interminable entre tradición y modernidad es el resultado de una serie de "accidentes" provenientes de lo que Foucault llama relaciones de poder-saber[1] que direccionan las metas del llamado "desarrollo económico", modelo que ha impregnado culturas, historias y sujetos, y que en la actualidad se ve en crisis y busca a toda costa un “retorno” por la tradición, por lo alternativo, por lo milenario. Estos dispositivos que regulan y educan las subjetividades hacen que los imperativos de "ser", "lograr" y "producir" se fusionen profundamente en la historia de los pueblos para ser disciplinados en un cuerpo político con mandatos obscenos provenientes del poder-saber.
Mi perspectiva: encontrar las tensiones y mecanismos de poder que configuran las formas de dominación y regulación social impuestas en los pueblos y sus efectos a nivel económico, político y cultural. Con ello, es posible encontrar los mecanismos que anudan al sujeto, su entorno y su forma de vida; condición que refleja cómo la apuesta de la modernidad deviene en crisis que pueden observarse en el impacto ambiental y social de nuestra época.
Síntomas de la modernidad que han tomado diferentes formas a lo largo de su historia, hasta llegar a nuestro tiempo, la llamada modernidad líquida[2], caracterizada por la fluidez de los lazos sociales y las libertades otorgadas al sujeto, las cuales reflejan un reverso obsceno y paradójico que ponen en la escena nacional e internacional: miedo, inseguridad, fragilidad, vulnerabilidad, inestabilidad, exclusión, migración, pobreza, hambre, cambio climático, entre muchas más.
Así, las promesas de la modernidad y sus modelos de desarrollos van desde el pesado fordismo, con sus grandes maquinarias para producción de vehículos, hasta la “liquidez” del modelo globalizado, caracterizado por la producción optima y la división de tareas; matizado por las recurrentes crisis provenientes de la globalización, la economía financiera y los ciclos del sistema capitalista. Adicional a ello, están los nocivos intentos por crecer económicamente sin importar la violencia sistémica[3] producida por los costos ambientales y sociales que devienen de la expansión económica y que ya hacen parte de nuestra cotidianidad. Excedentes cuyos costes hacen que se profundice la brecha social que sean las elites y las empresas multinacionales quienes ganan y acumulan poder económico político y militar; mientras los explotados (campesinos, obreros, comunidades indígenas y afro), son convertidos en otro “insumo” para esa maquinaria llamada desarrollo, pero que de no ser útiles al engranaje son expulsados como un simple desecho más fruto del proceso productivo.
Pretender rescatar la pureza de la técnica ancestral se hace un ideal y un sueño que no puede desconocer los aportes técnicos de la modernidad, ni las herramientas y mecanismos que mejoran las condiciones de producción, y menos aún esconder los cambios en los mercados actuales y en las demandas de productos. Aunque tampoco puede perderse en el dominio de la técnica, a mi modo de ver, allí radica la importancia de lo ancestral: convertirse en carta de navegación de los pueblos, con bases solidas de un proyecto cultural e ideológico cuya base es la tradición-cosmovisión, insumo cargado de sabiduría que orienta y regula un proyecto hegemónico en y para el territorio.
La lucha por la memoria histórica de los pueblos, su cultura, su tradición como ejercicio purificador que desconoce el sincretismo cultural y político contemporáneo, se vuelve un acto profano, capaz de engañar nuestros ojos incautos a la luz de un idealismo mesiánico; es negar los aportes que trajo consigo la modernidad, aportes importantes e indispensables para el bienestar social, cuyos costos ideológicos son demasiado altos, ya que iríamos a un totalitarismo ciego de una nueva exclusión moral entre lo bueno y lo malo.
Por ello, la recuperación y fortalecimiento de los modelos productivos tradicionales y de la cultura en general, significa apostar por una fuente de renovación frente a la crisis de la nueva modernidad; iniciativa que siempre deber reconocerse como inconclusa y limitada como cualquier otro intento por subordinar la naturaleza, que debe surgir desde los espacios locales inspirada en la cultura y sus raíces, permitiendo la competencia de proyectos hegemónicos que desde múltiples perspectivas enriquezca y acepte como dignas de reconocimiento las distintas fuerzas de los actores del campo político.
Por: Oscar Fernando Garzón
[1] Relaciones que producen un objeto conocimiento y disciplinas que responden a lógicas de poder permitiendo acciones políticas sobre los sujetos. Michel Foucault, Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión 1976, México, Siglo XXI, 2009
[2] Véase Zygmunt Bauman, Modernidad Líquida, Argentina, FCE, 2005.
[3] Carácter que puede leerse desde los primeros escritos de Marx, véase Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, México, Grijalbo, 1968; y planteados por Žižek así “esta violencia ya no es atribuible a los individuos concretos y a sus `malvadas´ intenciones, sino que es puramente `objetiva´, sistémica, anónima”, véase Slavoj Žižek, Sobre la Violencia: Seis reflexiones marginales, Argentina, Paidós, 2009
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